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Arcoíris de Trazos

Historias breves

Cristal de la Ensoñaciones

por Digemar Di Fleur · 19 de septiembre de 2026

Portada de Cristal

Acerca del libro

La creación de esta obra fue fruto de la inspiración de su autora. La imagen de la portada fue desarrollada con la colaboración de una inteligencia artificial (Google Image FX), bajo las instrucciones de la autora.

En reconocimiento a

  • La Divinidad Arquitectónica: creador de mis estructuras de vida y sueños.
  • Los Artífices de mi Simiente: forjadores de mi destino.
  • Los Guardianes de mis Letras: fieles brillos de cada página de ensueños.
  • La Imaginación: alas que invitan a volar, soñar; luces que abren puertas del alma.
  • Las Letras: símbolos que dan vida al silencio.

Destellos de ella

Digemar es hija de una pareja abruzzesa muy soñadora. Nació en un pequeño pueblo de Venezuela, cuna de héroes, artesanos, cultivadores de la tierra y la cultura. En su niñez encontró en las palabras un refugio y una forma de soñar despierta.

Con un paso tímido, pero firme, comienza a escribir; su vida, rodeada de diversos eventos, alimentaba su imaginación y despertaba el deseo de plasmar en las letras sus creaciones.

Desde joven le gustó la escritura y hoy busca incursionar en el mundo de las letras. Con poca experiencia, desea ofrecer ecos de su más profundo sentimiento por la escritura, dejando que sus palabras reflejen su alma y sus sueños.

Le encanta escribir sobre temas cotidianos, presentando de forma diferente los conflictos internos del ser humano, donde la soledad que viven actualmente muchas personas es uno de los temas que más le apasiona; y, por ser una tejedora de sueños, es la voz que da vida a lo callado.

Por ello, valiéndose de situaciones desapercibidas para muchos, ella ve lo esencial aun en las cosas más simples de la vida, entendiendo de forma sensible el caos que pueda encerrar una situación en particular.

Digemar no sigue caminos que otros trazan. Su forma de ser es distinta a la de las otras personas; tiene una manera propia de ver el mundo que no siempre se entiende a simple vista. Prefiere caminar a su ritmo, sin prisas ni presiones, dejando que sus pensamientos fluyan libremente. No busca llamar la atención, pero los que la conocen saben que hay algo especial en ella.

Es una persona que valora la libertad, la autenticidad, la profundidad, el respeto y la igualdad; y, aunque no siempre se muestra por completo, su esencia queda marcada en cada pequeño gesto y en todos los reflejos de su alma, plasmados en la escritura de prosa y versos.

Obsequio cariñoso de un autor anónimo.

Palabras iniciales

Bienvenidos a un espacio donde los sueños y las letras se entrelazan. En estas páginas encontrarás que la imaginación cobra vida a través de Zafiro: alma valiente, curiosa e ingenua que, entre sueños y realidades, incursiona en destinos ajenos a ella; viajera silenciosa que camina por senderos invisibles, donde la magia se vincula con la esencia misma del ser.

Al conocer a Zafiro, descubres a un personaje distinto de cualquier otro, cuyo nombre simboliza la sinceridad, la verdad, la felicidad, la sabiduría y la claridad mental; considerado y asociado con la paz interior, la calma y el equilibrio emocional. Todas estas características se evidencian en este personaje tan especial.

Con ella podrás experimentar realidades mágicas. Vive en un rincón apartado del bullicio, donde la soledad no es ausente, sino un espacio fértil para la imaginación. Su mente es un universo propio, repleto de ideas, sueños y mundos que solo existen cuando cierra los ojos.

A través de breves relatos, te invito a acompañarla en sus viajes, que esconden secretos que solo el corazón puede descifrar; en sus aventuras interiores descubrirás la belleza que se esconde en los detalles más simples e íntimos, y te dejarás sorprender por la creatividad que brota de su silencio.

Cada historia es una aventura a su mundo, un reflejo de la magia que puede surgir cuando la ensoñación es su mejor compañía. Cada relato es una pequeña ventana a mundos diversos y emociones profundas, que juntos forman un tapiz de historias donde la fantasía y la realidad se funden en un solo despertar.

Gracias, amigo lector, por hojear estas páginas y sumergirte en estos pequeños cuentos. Sin tu curiosidad y tu tiempo, estos ecos no tendrían sentido.

Espero que disfrutes del viaje, y que las historias sean tan mágicas para ustedes como para mí al escribirlas, disfrutando de cada una de ellas al enunciar cada palabra.

Digemar Di Fleur

Todo comienza una madrugada…

El reloj marcaba las tres de la madrugada de un día domingo del año 1975, cuando la ciudad empezaba a respirar en colores que nadie podía ver. En medio de ese susurro invisible, ella se perdió en ese laberinto silencioso de su mente, donde las sombras danzan con recuerdos que nunca fueron enteramente suyos.

El tiempo se deshace como un suspiro, y en ese instante suspendido, la realidad se quiebra en fragmentos de luz y oscuridad. Cada latido es un eco distante, una pregunta sin respuesta que se enlaza en el alma, desafiando la frontera de lo vivido y lo soñado.

Fue entonces, en ese espacio entre el sueño y la vigilia, cuando recordó historias escondidas entre las grietas, el tiempo y la memoria, que fluyen armoniosamente al mirar por la ventana, mezclándose la realidad con los ensueños, surgiendo así nuevas historias, que parecen tan reales como los recuerdos de lo vivido.

La primera luz del amanecer comienza a filtrarse por la ventana, cubriendo de oro las paredes de la habitación; en ese instante Zafiro se levanta, como un susurro de calma en medio del despertar.

Su presencia no era un ruido, sino una melodía que resonaba en el silencio de la vieja casa, una promesa de nuevos comienzos. Sus ojos claros y serenos reflejaban la claridad del cielo despejado y en su sonrisa se escondía la fuerza tranquila de alguien que sabe que la tormenta pasa y el arcoíris llega.

Sin prisa, se acerca a la ventana, y con cada paso parecía traer consigo la esperanza que el día recién nacido ofrecía.

Zafiro, joven de figura delgada y abundante cabellera, color negro como el cielo que cubre la tierra en las noches, y con suaves movimientos, era una figura agraciada. Vestía siempre de tonos claros y el olor a jazmín que la acompañaba día a día parecía ser parte de su esencia.

Al observar la belleza de esa impresionante joven, no se podía dejar pasar desapercibido el contraste que se aprecia cuando asomaba por la ventana, con su vieja y deteriorada casa. Aquella vivienda, con paredes desgastadas y la pintura descascarada, parecía marcada por el transcurso del tiempo, dejándola triste y deteriorada.

La ventana, donde se apreciaba diariamente la figura de esa joven, era el marco para cada una de las historias que de allí surgían al ser vistas a través de ella, percibiéndose su mundo interior lleno de recuerdos.

Esa vieja casa era legado de sus padres luego de su partida terrenal, dejándola huérfana y sola desde muy pequeña; solo contaba con una anciana que cuidó de la chiquilla hasta su muerte; de eso hace poco tiempo.

Zafiro vivía en esa casa sola, sin salir por el temor que la anciana que la cuidaba le inculcó. No salía jamás; pasaba los días mirando el mundo desde y a través de la ventana.

Los refrigerios eran traídos por un joven alto, de cabello rubio y ojos marrones, quien semanalmente traía los alimentos y todas las cosas necesarias para la joven. Hasta ahora, el joven no sabía quién le cancelaba su servicio, pero el pago llegaba puntualmente.

Los otros ajustes de la casa, como el arreglo de grifos, cambio de bombillos, corte de la grama y arreglo del jardín, los realizaba un anciano, con el cual Zafiro nunca intercambió palabra, porque le tenía temor; en su imaginación lo veía descuidado y con cara de pocos amigos. Esas eran las únicas figuras humanas que se acercaban a la joven y a la casa, desde la muerte de la anciana cuidadora.

Zafiro nunca pensó que su vida cambiaría al morir sus padres, quedándose sola en esa vieja casa que acrecentaba su soledad interior. El temor anidaba en su pecho, haciendo que cada paso que daba al tratar de salir fuera una batalla perdida antes de comenzar; vivía atrapada en un silencio que solo la casa podía ofrecer.

La ventana era su única salida y conexión con el mundo fuera de esas paredes; a través de ella vivía las vidas ajenas, convirtiéndolas en suyas. El pequeño jardín junto a su ventana, con flores recién abiertas, era su refugio y testigo silencioso de sus pensamientos y de todas sus historias vividas a través de ese cristal que solía ser su conexión con el mundo exterior y su mundo interior.

En este nuevo día que recién comienza, al mirar por la ventana vio en el parque a dos tucusitos posados en la misma rama del árbol. Ambas avecillas movían sus alas con fuerza y se miraban fijamente mostrando sus colores brillantes. Saltaban de una rama a otra, chocando suavemente mientras intentaban ganar espacio.

De repente una se quedó quieta en una rama, solo miraba a su compañera sin moverse, mientras la otra le daba voces y se movía a su alrededor.

Zafiro, al ver esa escena, cerró sus ojos y se imaginó otra: todo parecía una esposa molesta reclamándole al marido el haber llegado tarde. La esposa reclamaba y gritaba, mientras el marido solo la miraba sin pronunciar palabras, tal como sucede cuando las parejas discuten.

Zafiro, mientras seguía en su imaginación, visualizaba al esposo que solo esperaba que su esposa se calmara, cosa que sucedió al poco tiempo: ella, acercándose a su marido, y en un breve instante estaban abrazándose, lo que dio punto final a la discusión.

Al abrir los ojos, la joven observa que, después de un rato, la avecilla que estaba dando voces se posó al lado de la otra y comienza a acercar su cabecita al pajarillo que no se movía. Al poco tiempo ambas estaban acurrucadas, sus ojos brillaban con cariño profundo; al final, juntas se quedaron muy tranquilas, cómplices en su pequeño mundo.

Para la joven, la escena de las avecillas era tan igual a la que ella imaginó: ambas terminaron cuando hubo un acercamiento, dejando de discutir, reinando la tranquilidad entre ambas parejas, tanto la humana como la de las avecillas.

Zafiro, al ver la hermosa escena de los tucusitos, se retiró de la ventana para ir a desayunar, pensando en lo hermoso y fácil que es todo con tan solo un abrazo.

En el transcurso de la mañana oye a lo lejos un llanto y gritos de un niño; corre y se asoma a la ventana, y observa a un niño llorando, pidiéndole a gritos a su mamá que no podía seguir caminando, que le dolía. La mamá lo sujeta del brazo y lo jala de manera brusca, lo que hace que el niño llore y grite más.

Ante esta escena, Zafiro cierra los ojos y se traslada de forma súbita, y le dice a la señora que así no se trata a los niños, que debe esperar que descanse o averiguar qué es lo que le duele, pero no halarle de esa forma del brazo, porque podría dislocárselo.

Entonces Zafiro comienza a ver escenas donde hay niños llorando en la calle; ella se les acerca y los atiende, preguntándoles por qué lloran.

Una niña le dijo: «me duelen los zapatos». Ella, cariñosamente, le dice: «deja ver, te lo quito y reviso»; le quitó las medias y le colocó nuevamente los zapatos, y «¡ahora te duele?». La niña respondió «que ya no», y le dio las gracias por curar sus zapatos.

Siguió su camino por las calles llenas de gente y se encuentra con otro pequeño llorando. «¿Por qué llora el pequeño?», le pregunta a su mamá, que estaba presente. La señora le responde: «quiere orinar y le da pena hacerlo en la calle porque lo van a ver las personas».

Zafiro le dice al niño: «ven, vamos a aquel rincón y yo con mi súper sombrilla te fabrico un lugar donde puedas orinar y nadie te vea». El niño dice que sí, fue con ella y, al verse cubierto, pudo orinar, dejando de llorar; al terminar le dio las gracias a la salvadora.

Ella nota que, después de cada suceso donde acudía a ayudar a un niño, el traje dorado que vestía se hacía de un color más intenso y luminoso. Eso no era notado por nadie, solo lo percibía ella, sintiéndose como una gran heroína que ayudaba a los niños de alguna manera.

Su traje cada vez resplandecía más en las calles donde las personas pasan sin mirar. Zafiro aparecía sigilosa y veloz cuando se percataba de que un niño era maltratado o tenía algún inconveniente por muy simple que parezca para un adulto, pero que para un niño es una gran tragedia.

Nadie percibía su poder, ni siquiera aquellos a quienes ayudaba. Ella sabía reconocer el sufrimiento de los demás seres indefensos, y justo en ese momento en que más lo necesitaban intervenía con rapidez y decisión.

Su presencia era un susurro de esperanza, un refugio seguro para quienes no podían defenderse por sí mismos, por no ser adecuadamente escuchados, a pesar de su llanto y gritos.

Un trino de aves la hace despertar de sus ensoñaciones, y nota que es hora de hacer los ejercicios acostumbrados. Se dirige al cuarto donde tiene su vieja bicicleta y comienza a realizar su rutina diaria de 40 minutos en bicicleta, mirando su serie favorita en la tele.

Al terminar sus ejercicios acude a bañarse para preparar luego la cena. Mientras cocinaba, a eso de las 6 de la tarde oye una música a lo lejos; apaga la cocina y se asoma por la ventana, y ve a unas personas teniendo bailoterapia en el parque. Al ver esos movimientos tan toscos y descoordinados, cierra sus ojos…

Piensa: nada igual como cuando bailaba en Nueva York, donde se encuentran las salas de teatro de Broadway, lugar en el cual, al apagarse lentamente las luces, el escenario cobra vida con una explosión de colores y movimientos; los bailarines y yo surgíamos como sombras luminosas, los cuerpos contorneándose al ritmo de una música etérea que parecía flotar en el aire.

Cada paso, cada grito narraba una historia sin palabras, un viaje entre sueños y recuerdos, donde el tiempo se doblaba y la realidad se desvanecía. En ese vaivén constante, los personajes danzaban con una gracia irreal, atrapados en un mundo donde solo el baile podía revelar los secretos del alma.

De esta ensoñación es desconectada al oír Zafiro la llegada del agua, la cual hizo mucho ruido porque había dejado dos grifos abiertos para que avisaran la llegada del vital líquido. La joven retorna a la cocina para terminar de cocinar la cena y luego de comer dirigirse a su dormitorio, a descansar y dormir.

La noche transcurre sin ningún suceso, salvo una suave llovizna que refrescó la cálida noche. En la lejanía se oía la voz de un triste búho; con su lamento la acompaña hasta que se quedó dormida.

A la mañana siguiente, una gran algarabía la despierta; al mirar el reloj se da cuenta de que se había quedado dormida, eran las 7:30 a.m. Se levanta y, con mucha curiosidad, se asoma por la ventana para ver la causa del alboroto.

Eran un grupo de niños y niñas que, con su usual alegría, llenaban el ambiente de una vitalidad fenomenal; ellos y ellas iban a recibir su clase de educación física correspondiente a ese día.

La joven sigue curiosa mirando por la ventana; poco tenía contacto visual con un grupo tan grande de jovencitos. Luego de que ellos y ellas organizaron sus atuendos, refrigerios y agua, el profesor comienza la clase.

Zafiro no pudo contener esa ensoñación que se apoderó de ella, olvidándose de que no había preparado desayuno. Se dejó transportar, porque era mejor que cualquier desayuno. Al cerrar los ojos…

La música llena el aire mientras las gimnastas avanzan con una cinta que dibujaba suaves ondas. Sus movimientos, inspirados en el ballet, son elegantes y precisos: giros lentos, saltos delicados y posturas perfectas; cada gesto combinaba la fuerza de la gimnasia rítmica con la gracia clásica del ballet, creando una danza que cautivaba sin palabras.

Zafiro, inmersa en la coreografía, seguía danzando en medio del aplauso del público presente que observaba el primoroso espectáculo efectuado por los gimnastas. Ella se sentía la estrella central del acto, se sentía muy agraciada por la forma en que realizaba cada movimiento, con una gracia perfecta de ejecución.

Su felicidad se reflejaba en la sonrisa que esbozaba hacia los espectadores, agradeciendo con ella sus aplausos y evocaciones; se sentía muy especial ante este esplendoroso espectáculo.

Un alboroto de voces y aplausos de chicos en el parque, gritando y aplaudiendo a los mejores en sus actividades gimnásticas, hace que Zafiro abra los ojos y vuelva a la realidad. Al darse cuenta de la hora, corre a la habitación porque ya era la hora de sus clases, que recibía por correspondencia.

Esa costumbre y responsabilidad de estudiar, a pesar de estar sola, fue cultivada por la anciana que la cuidaba: ella la había inscrito en cursos por correspondencia, en cursos de inglés y de algunos oficios; además le enseñó a estudiar e investigar en los libros de las bibliotecas de sus padres.

Le inculcó desde niña un horario para estudiar y hacer ejercicios, creando en la pequeña hábitos de estudio, de ejercitarse y de otras actividades hogareñas.

Y así transcurrían los días de Zafiro: clases, preparar alimentos, mirar y soñar ante una ventana, realizar ejercicios en su vieja bicicleta, limpiar dos veces a la semana y lavar una vez cada ocho días. Una vida que ella consideraba normal, porque era lo único que conocía.

En horas de la tarde oye un ruido en el jardín; acude a mirar por la ventana y vio al anciano que acudía frecuentemente a limpiar y regar el jardín. Al verla le pregunta: «¡Todo bien, niña!»; ella responde: «¡Todo bien, señor!». El anciano sigue con su labor sin intercambiar más palabras con la joven. Ella regresa a su cuarto, a seguir con sus estudios.

Un domingo, día en que el joven que llevaba los suministros se atrevió a tocar la ventana, desde hacía varios meses ha querido hacerlo, pero no se atrevía.

Toca la ventana tres veces; la joven se asoma y ve al joven. Él, al verla, le dice:

—Señorita, aquí le traigo sus alimentos. ¿Podría abrir la puerta para entregárselos y no dejarlos afuera como es la costumbre, y así podremos hablar algo?

Zafiro le contesta:

—No, déjelos afuera, yo los recojo luego.

Insistiendo el joven:

—¿No le gustaría que habláramos un poco?

Contestando ella:

—No, gracias, no abriré la puerta.

Insistiendo el joven:

—Y por la ventana, podríamos hablar. Yo me llamo Gracian.

Respondiendo la chica:

—En otra ocasión, tal vez. Lo siento, no estoy preparada para ello. Gracias por traer los alimentos.

Y se retira de la ventana. El joven se va con un sentimiento de tristeza; a él le conmueve lo que la joven vive, si eso se puede llamar vivir.

Pasan los días de esa escena, y una mañana muy temprano Zafiro oye unas voces frente a su ventana. Se dispone a oír sin ser vista, y escucha a unas señoras hablando sobre Jesús; tenía en sus manos un libro muy bonito.

Ella sigue escuchando a las señoras hablar sobre la palabra y de cómo predicarla. Eso llama mucho su atención, por lo que sigue escuchando curiosa; en eso cierra los ojos y deja volar su imaginación…

Zafiro observa que, de una de las carteras que llevaban las señoras, un libro sale volando y entra al cuarto donde ella estaba. El libro flotaba en el aire, desciende suavemente hasta posarse en sus manos.

Parecía que estaba cubierto de polvo y misterio; tenía una portada con un brillo especial, como si pequeñas luces danzaran sobre ella. Sin entender por qué, sintió una atracción irresistible hacia ese resplandor.

La joven se deja llevar y recorre las páginas con asombro, sintiendo a cada historia como un hechizo que despertaba su imaginación, y que las palabras escritas hablaban por sí solas. No importaba si eran cuentos o realidad; para ella, aquel libro era una puerta a un universo donde la magia y la historia se entrelazaban, originando un sinfín de emociones.

Un libro que pertenecía a un mundo desconocido por ella, que guardaba secretos no sagrados, sino vivencias mágicas llenas de relatos increíbles. Cada página revelaba guerras fantásticas y épicas a la vez; se encontraban también hermosos versos poéticos, además de consejos llenos de sabiduría. En él habitaban personajes valientes y misterios insondables. Relatos históricos donde brillaba una figura singular: Jesús, un hombre con poderes que dejaban la realidad, capaz de sanar, revivir durmientes y transformar el mundo a su alrededor.

Un timbre retumba en la casa: era la alarma para recordar la hora de clases. Alarma que suena varias veces al día para que Zafiro no olvide que todo no es soñar y soñar, que debe tener una vida real, con ciertas obligaciones, como comer, limpiar, ejercitarse, estudiar y asearse.

Esa alarma hace que la joven vuelva al mundo y se aparte de sus ensoñaciones, tan frecuentes en el día; no se sabe dónde empieza la imaginación y dónde está viviendo algo real.

Al despertar y dejar de ver ese maravilloso libro, se dirige a la cocina para preparar algo para desayunar. Mientras comía, vio a una pareja dirigirse al parque. Se sentaron en un banco y, abrazados, comenzaron a hablar. Esta escena tan bonita la lleva a otra de sus ensoñaciones…

En una calle de la Via dell'Amore, en Italia, bajo un cielo dorado del atardecer, ella caminaba con un joven, tomados de la mano. El mar susurraba a lo lejos y las flores perfumaban el aire. Al llegar a un mirador, el joven se arrodilla y le muestra un anillo brillante a su hermosa acompañante. Una preciosa sonrisa ilumina el rostro de ella, mientras el sol se despedía como testigo silencioso de un amor que comenzaba.

Nuevamente el timbre trae de vuelta a Zafiro; era la hora de realizar algo de ejercicios. Con desánimo, se dirige a lavar los platos para luego realizar la tediosa rutina de ejercicios.

Una vez terminados los ejercicios, algo que para ella resultaba tedioso, para la joven no había nada mejor que ver por la ventana, olvidándose de todo, hasta de comer o dormir.

Así siguen pasando las horas, los días y meses, desde hace varios años, hasta que vuelve a llegar el día del cumpleaños de la joven, pero en esta ocasión sería totalmente diferente…

Toc, toc, toc. Se oyen ruidos que provienen de la ventana. La joven corre a ver qué produce ese ruido; se sorprende al ver al joven que desde hace tiempo viene trayendo cada domingo sus alimentos. Al verlo le dice:

—¡Hoy no es domingo! ¿Te equivocaste en venir?

—Sé que no es domingo —responde el joven—, ¡pero sí es tu cumpleaños! ¿Podrías abrir para felicitarte?

La joven, sorprendida por la respuesta, contesta:

—¡No voy a abrir! ¿Y cómo sabes que es mi cumpleaños?

—¡El señor! —comenta el joven—, quien semanalmente paga por tus alimentos, también está pendiente de que no te falte nada. A pesar de estar en otro país, me lo dijo ayer; por eso vine hoy. Si no quieres o puedes abrir la puerta, entonces hablamos por la ventana.

—Contesta Zafiro—: por la ventana, sin abrirla. Dime, ¿qué quieres decirme?

—Como quieras —contestó Gracian.

Al correr ella la cortina y mirar por la ventana, los ojos de ambos se cruzaron de una manera especial; parecía que brotaban luces entre ambos, era algo inusual. A pesar del vidrio que los separaba, conversaron unos minutos.

Ella agradece el haber venido y recordado su cumpleaños; él comenta que desde siempre había querido conversar con ella, que si lo permitía vendría en otras ocasiones a conversar.

Contestando ella: «¡Está bien, pero por la ventana!».

Y así comienza una amistad donde un cristal es la separación entre dos mundos completamente diferentes, pero que no impedía que esas voces se vincularan de una manera especial. Cada vez que él venía y hablaba con Zafiro, entre ellos resplandecía una amistad inigualable.

Así Zafiro recibe, por primera vez en muchos años, su primera felicitación por su cumpleaños. Fue algo tan simple, tan sencillo: solo unas palabras a través de un cristal, pero para ella fue lo más precioso e invaluable que le había ocurrido en lo que llevaba de vida.

No hubo fiesta, ni invitados, ni torta, ni música; solo unas palabras, que le dieron un toque diferente a ese día. Pasó el resto de la tarde solo pensando en ese mágico momento, pensando que le gustaría repetirlo más veces. Con esa emoción e ilusión se quedó dormida.

A la mañana siguiente, era una de esas mañanas fantásticas de Zafiro; vio, conmovida por la ventana, a un grupo de personas esperando por comida. Entonces, al cerrar los ojos, todo cambió…

Entre las personas que esperaban, apareció ella, que con un gesto les indicaba que la siguieran, llevándolas a un lugar hermoso donde no escaseaban los alimentos.

El aroma fresco de las frutas, panes recién horneados y verduras frescas llenaba el aire. Las personas, alegres, vieron alejarse a la joven dejando una silenciosa esperanza, por haber sido oídas sus plegarias por sustento.

Esas personas que anteriormente, con sus manos vacías, esperaban día tras día por alimento, entre los que había ancianos y niños, mientras el sol se ponía, tiñéndose de tonos anaranjados y violetas, y la bruma comenzaba a descender, ya no sentían esa soledad, porque el recuerdo de la joven figura que los llevó a vivir a ese lugar hermoso donde no había escasez de nada, donde el amor y la compasión reinaban, se había cristalizado.

—¡Señorita, señorita, cómo se encuentra! —llamaba el anciano para saber sobre su condición, lo que hace que Zafiro salga de su estado de ensoñación.

Ella contesta al anciano:

—¡Estoy bien, estoy bien, gracias!

Ese mismo día, en horas de la tarde, un grupo de policías motorizados llamaron la atención de la joven. Se asoma por la ventana y ve a un hermoso perro que olfateaba las paredes de la casa, y observa pasar a un grupo de motorizados; y en ese mismo instante la joven cae en una de sus imaginaciones, pero esta vez es más aventurera…

Se imagina que se encuentra en una ciudad llena de peligros; ella pilotaba una moto de alta cilindrada, capaz de elevarse por contener dispositivos que la elevan para patrullar mejor las calles. Mientras estaba en el aire, en tierra la acompañaba su perro, con un olfato y visión prodigiosa, podía olfatear desde largas distancias sustancias nocivas.

Juntos combatían a los traficantes de drogas y rescataban niños secuestrados, usando sus habilidades para encontrar pistas ocultas. Gracias a su trabajo incansable, la ciudad dormía tranquila y protegida por este valiente equipo.

Estos episodios cada vez eran más frecuentes: Zafiro se veía salvando, ayudando, protegiendo a los indefensos. Ella quería un mundo mejor, pues desde su ventana solo podía ver eso: un mundo mejor de lo que en realidad sucedía en su entorno.

Una de esas aventuras vividas por Zafiro es la de una joven que habitaba en un pequeño pueblo que no contaba con ningún tipo de comunicación. Esa joven se dedicaba a criar palomas mensajeras y las ponía al servicio de la colectividad para que se comunicaran con los pueblos cercanos; además las entrenaba para ayudar a la policía a mantener el orden dentro del pueblo.

Las palomas volaban rápido, pues tenían un don especial que las hacían diferentes a cualquier paloma. Llevaban las pistas y ayudaban a capturar a los delincuentes y a proteger a los vecinos, al llevar la información pertinente del suceso.

Gracias a la colaboración de la joven y las palomas, la justicia siempre llegaba a tiempo y el pueblo permanecía seguro a pesar del atraso tecnológico en el que se encontraba.

Si esa historia te asombró, te pareció increíble para la época, a ver qué piensas de esta…

Zafiro se siente muy triste por los niños de escasos recursos económicos, igual que ella. La joven soñaba con hacer regalos a los niños; cada noche, en su mente, creaba hermosos presentes que entregaba con alegría. Esa ensoñación la hacía completamente feliz porque en su imaginación el regalar, dar un poco de ilusión, el amor y la alegría eran reales y eternos.

Los meses pasan, Zafiro sigue con su vida. Una mañana, al mirar al parque, observa que no hay nadie, que las calles están solas, ni siquiera pasaban carros ni perros como solía suceder. Entonces se siente desolada y se refugia en su mejor amiga; cierra los ojos y la magia se hace presente…

En esas horas silenciosas, cuando la soledad pesa, aparece una amiga virtual quien comienza a enviarme dibujitos mágicos, y así comienza el intercambio de dibujitos que se sienten; son pequeños rayos de alegría que viajan en el tiempo y el espacio, llenando de color y compañía los momentos tristes.

Los dibujitos quedan en la mente de quienes los reciben como un secreto dulce que hace brillar su corazón. Así, sin palabras, solo imágenes, ella y yo compartimos un abrazo silencioso que nunca se olvida. Los dibujitos silentes, hermosos, coloridos y efusivos símbolos de amistad infinita del alma.

El resonar del reloj recuerda a Zafiro que es hora de clases, pero al levantar la mirada ve en el jardín unas hermosas mariposas revoloteando, jugando en el aire. Una emoción la invadió y no pudo contenerse, y cerró los ojos…

Al observar el danzar de las mariposas, una niña con sus pies descalzos roza la hierba, mientras sus brazos se elevan al cielo imitando alas. Imagina el viento acariciando su rostro y la ligereza de colores rozando su mejilla.

Esa hermosa niña soñaba con elevarse y poder tocar el cielo. Ella intentaba una y otra vez sentir la libertad de volar, mientras una suave brisa acariciaba su cabello. La luz dorada del atardecer se confundía con los colores brillantes pintados en el aire con destellos de magia.

La niña corría; su alegre risa retumbaba a lo lejos. Corría jugando con las mariposas; era un reflejo de amor que se percibía de esa hermosa escena.

Un grito en el parque hace que Zafiro abra los ojos; quien, después de esa hermosa experiencia, se siente reconfortada, llena de vida, siente alegría y con una leve sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro, y se dirige a recibir sus clases.

El día transcurre sin nada en especial. Las semanas y meses pasan y llega de nuevo el cumpleaños de Zafiro. Hoy es un día muy especial: la joven cumple 18 años. Espera con ansia la llegada de su amigo, mira insistente por la ventana una y otra vez; en una de esas miradas por la ventana cierra los ojos, y…

Vio a una joven que permanecía en el silencio opresivo de una casucha; sus paredes agrietadas y techo caído atrapaban cada rayo de luz, como si el mundo exterior fuera un sueño inalcanzable.

Afuera, el viento movía las hojas de los árboles, las flores invadían con su aroma el lugar y el sol jugaba con las sombras; pero ella solo podía imaginar ese espacio abierto, esa libertad que parecía tan lejana.

Cada día sus ojos se posaban en la ventana cerrada, esperando que alguien llegara, que la liberara de aquella invisible prisión de madera y polvo. En su mente, el aire fresco y los cielos eran un refugio que anhelaba tocar, un lugar donde pudiera respirar sin temor y caminar sin cadenas invisibles, sentirse libre…

La mejor manera para culminar este relato es con:

Citas reflexivas

«El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo.» — Nelson Mandela

«Pensar no va a superar el miedo, sino la acción.» — W. Clement Stone

«Cuando haces lo que más temes, entonces puedes hacer cualquier cosa.» — Stephen Richards

«El autoencierro es la prisión invisible donde el miedo cierra puertas al mundo.» — Digemar Di Fleur

«El considerar el hogar como el único refugio contra el temor de vivir en libertad en espacios desafiantes es solo ser prisionero de lo desconocido.» — Digemar Di Fleur

«El no poder avanzar por sentirse atrapado sin salida por cadenas imperceptibles es solo el mayor encadenamiento a existir libre de temor ante la vida.» — Digemar Di Fleur

«El mayor temor es tener miedo a enfrentarlo.» — Digemar Di Fleur

Voces de despedida

Al concluir estas pequeñas historias que nacieron de la imaginación y la soledad de una adolescente, cada relato es un fragmento de su mundo interior, un brillo de sus pensamientos y ensoñaciones.

A lo largo de sus relatos se acompañó a Zafiro, cuya soledad no es vacío, sino un espacio lleno de imaginación y creatividad. Aunque sigue siendo solitaria, su viaje muestra que la verdadera compañía puede encontrarse en la riqueza de su mente y su corazón.

La imaginación teje alas invisibles que ayudan a elevarse más allá del miedo, y en la ternura de una mano amiga el alma encuentra el valor para abrir la puerta hacia lo desconocido y descubrir su propia libertad. Es la llave que abre puertas invisibles, ayuda a soñar con mundos alejados del temor.

Espero que, al cerrar estas páginas, lleves contigo un poco de esa magia y te animes a descubrir tus propios miedos e historias.

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