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Arcoíris de Trazos

Voces de fe

Un nuevo cantar

por Digemar Di Fleur · 19 de septiembre de 2026

Portada de Un nuevo cantar

Dedicatoria

Al Ser Supremo y Creador, quien enciende la luz de mis letras haciéndolas brillar en los corazones de cada lector.

Prólogo

¡Qué gusto y alegría que lean esta nueva historia! Ella fue creada de manera diferente; hasta el inicio tendrá una forma diferente de presentar. La imagen que te abre las puertas de estas páginas fue pintada por Géminis, una IA gráfica que estuvo dirigida para pintar cada diseño y color pensado por la autora, realizando un trabajo en equipo entre lo humano y lo tecnológico, creando esa preciosa portada.

Digemar, guiada por su profunda admiración hacia las Sagradas Escrituras, halla el origen de este nuevo relato en la conmovedora belleza y el lirismo presentes en el Cantar de los Cantares. Como una extensión de ese afecto por las letras bíblicas, este viaje literario conduce, a modo de marco indispensable, hacia la figura y el reinado del rey Salomón.

Él, además de construir templos de piedra y tomar decisiones justas, también edificó palabras de amor y vida. Si bien su sabiduría quedó plasmada en obras imperecederas como los Proverbios y el Eclesiastés, su alma poética alcanzó la máxima cumbre en el canto lírico. Es por ello que la historia, en esta ocasión, está dedicada exclusivamente a explorar los matices de ese Cantar.

Y para conocer bien ese cantar, es significativo conocer a su autor desde los más íntimos momentos de su existencia y reinado. La historia del rey Salomón es única, y decir que él fue sabio es evocar, casi de inmediato, juicios justos, templos de oro y reinos en perfecta calma.

Sin embargo, la verdadera cúspide de su sabiduría no se encuentra únicamente en su capacidad para gobernar naciones, sino en su asombroso dominio sobre el indomable territorio de las emociones humanas. Escribió diversos libros tratando temas de la vida y el amor. Su obra más bella, el Cantar de los Cantares, es la prueba irrefutable de que la máxima sabiduría no es fría ni distante, sino apasionada, poética y profundamente humana.

Al adentrarse en las páginas del Cantar, resulta evidente que el estilo de Salomón es único en la antigüedad. El monarca decide despojarse de la rigidez de las leyes y los proverbios para adoptar una voz coral, un diálogo íntimo entre la Amada (la sulamita) y el Amado. Este estilo dialogado y pastoral dota a la obra de una frescura eterna; no leemos un tratado sobre el amor, sino que escuchamos el murmullo de dos amantes que se buscan entre los viñedos y las colinas de Jerusalén. Salomón no impone una doctrina; evoca una experiencia.

La hermosura del libro radica en la magistral combinación de recursos literarios que el rey despliega con la precisión de un orfebre. Salomón convierte a la naturaleza en el espejo del alma humana. A través de metáforas deslumbrantes, los ojos de la amada son palomas, sus cabellos son manadas de cabras que se recuestan en el monte de Galaad, y el amado es un ciervo que salta sobre los montes aromáticos. El uso del símil y la hipérbole eleva el deseo a una categoría sagrada, transformando la anatomía de los amantes en una geografía de jardines cerrados, fuentes selladas y torres de marfil.

Asimismo, el poema está impregnado de sutiles aliteraciones e imágenes sensoriales que despiertan los sentidos del lector: se puede oler la mirra y el incienso, saborear las manzanas y el vino, y sentir la brisa de la primavera que anuncia que el invierno ya ha pasado. Salomón logra que la palabra se vuelva tangible.

Se puede decir que el Cantar de los Cantares nos demuestra que la sabiduría del rey Salomón alcanzó su cumbre al comprender que el amor es la fuerza más poderosa del universo, «fuerte como la muerte». Su genialidad literaria no solo consistió en dominar las figuras retóricas de su tiempo, sino en entrelazarlas con tal belleza que logró transformar el anhelo humano en una obra de arte inmortal. Salomón no solo construyó un templo de piedra; con este libro edificó un templo para la palabra y el amor.

Esa es su historia; esta comienza así…

Digemar Di Fleur

Todo comienza una primavera bañada de dorada luz matinal. Se oía a lo lejos una voz que retumbaba entre las paredes y viajaba con la prisa, y decía…

—Cuentan los antiguos relatos que el rey Salomón no solo reinó sobre tierras y tesoros, sino sobre la sabiduría misma. Se dice que su corazón era tan vasto y atento, capaz de escuchar el susurro del viento, entender el lenguaje de los árboles y comprender los misterios más profundos del alma humana.

Fue un rey de justicia inquebrantable. Cuando las voces del pueblo se alzaban en disputa, su palabra era el equilibrio perfecto: una balanza que no se inclinaba por el poderoso, sino que siempre buscaba la verdad para proteger al humilde.

Pero Salomón no solo dictó sentencias; también supo capturar la belleza del mundo en palabras. Con la paciencia de un poeta, escribió libros que perduran hasta hoy. De su pluma nacieron consejos para vivir con rectitud y, sobre todo, nació el canto más hermoso al amor humano, un poema donde los versos huelen a mirra, a cedro y a primavera.

Es en ese escenario de reyes sabios, de justicia serena y de poesía eterna donde quiero situar mi relato. Porque, aunque los grandes reyes construyen palacios de piedra, las historias más hermosas se construyen con el latido de las personas.

Y esta es la mía…

En la ladera más suave de un valle donde el sol acariciaba las viñas cada mañana, nació una historia que los ancianos recordarían como si fuera una canción. Allí, entre terrazas de tierra e hileras de morera, vivía una joven llamada Ayalén. Su casa era de adobe y madera, con un patio en el que siempre crecían flores: inmortales de perfume tenue y rosas con pétalos como alas. Ayalén tenía la mirada serena de quien ha aprendido a escuchar. Caminaba despacio por los senderos, recogiendo uvas para su familia, y cada gesto parecía hecho para ser observado por la luz.

En el pueblo cercano vivía Él, llamado Simón en las conversaciones cotidianas, pero su nombre verdadero —para quien lo amaba— se decía en susurros. Era labrador de olivos y conocedor de las lluvias; sus manos sabían el peso de la tierra y el secreto de las semillas. No era hombre de palabras ostentosas, pero su andar llevaba el eco de antiguas canciones. Una tarde de vendimia, sus miradas se encontraron en la sombra de una parra. Aquel encuentro fue como el giro de una rama que deja ver la luminosidad del valle: sencillo y decisivo.

A partir de entonces, los días fueron llenándose de señales. Ella veía en las ramas el gesto de su nombre; él contaba las horas a la espera de sus pasos. Hablaban en frases cortas, con la honestidad de quienes no desean disfrazar la verdad. «Ven», dijo ella una vez, y él fue. «Quédate», pidió él, y ella se sentó bajo el mismo árbol donde las abejas trabajaban entre las flores. El amor que crecía entre ellos no era prisa, sino reconocimiento: el descubrimiento de dos ritmos que encajaban, como el pulso de la tierra con la lluvia.

Los paisajes del valle parecían partícipes de su historia. En la mañana, el rocío formaba perlas que colgaban de las hojas como promesas; al caer la tarde, el viento traía aromas de especias lejanas. Ayalén describía a Simón con un lenguaje hecho de cosas sencillas: la curva de sus manos, la manera en que la barca de sus palabras siempre buscaba el remanso. Simón la nombraba por sus obras: mujer que sabe ordeñar la paciencia, mujer que guarda la raíz de las cosas. Cuando hablaban, el mundo entero parecía detenerse para escuchar su conversación íntima.

Hubo, sin embargo, pruebas. No toda historia de amantes se desliza en un lecho de fácil dicha. Un brote de sequía amenazó las viñas y los olivares; la risa de los niños se hizo más corta por el temor de la escasez. La familia de Ayalén dudó: el matrimonio era un pacto también con la seguridad. Otros pretendientes llegaron con promesas de granero lleno y de alianza con campos ricos. Simón no tenía más fortuna que su fe en la tierra y la consistencia de su trabajo, pero su voz —clara y humilde— hacía que quienes lo escuchaban sintieran confianza.

En una noche en que el cielo se llenó de estrellas, Ayalén salió a buscar agua en los pozos del borde del valle. Encontró a Simón en la acequia, sus manos sumergidas en la corriente que aún quedaba. Se miraron sin palabras y, entre ambos, brotó la decisión que todo amor verdadero conoce: elegir, aun cuando la elección exige renuncia. No fue un acto de orgullo, sino de fidelidad. Ayalén anunció a su familia que seguiría el camino de su corazón. La noticia encendió discusiones, sollozos y finalmente silencios que duraron días.

El pueblo, que había sido cómplice silencioso de miradas, se convirtió en escenario de opiniones. Algunos condenaron, otros celebraron; pero lo que importaba, al final, fue la constancia de quienes amaban. Simón y Ayalén aprendieron a encontrar refugio en pequeños rituales: compartir pan a la luz de una vela, caminar entre los surcos a medianoche para escuchar cómo respira la tierra, amarrar una cuerda a la puerta para recordarse mutuamente al separarse. Estas acciones, simples y sinceras, tejían una vida que no dependía de la abundancia, sino de la fidelidad diaria.

La estación cambió. El aire trajo lluvias tímidas que revivieron los brotes. Las uvas volvieron a engordar, y los olivos recobraron su verde como si las hojas hubieran recordado quién las cuidaba. En las fiestas locales se les vio caminar juntos: ella con una corona de flores blancas, él con la camisa salpicada de polvo de la tierra. Sus pasos resonaban como un canto: no un canto estridente, sino uno que se forma de compartir y de saber que la mirada del otro acompaña el silencio.

El amor que compartían no estaba ausente de ternura y deseo. En el fresco de la noche se buscaban; en la claridad del día se ofrecían palabras que sostenían. Las conversaciones eran a veces juegos de imágenes: él comparaba su risa con el fluir de un arroyo; ella le respondía diciendo que sus manos eran refugio donde el cansancio encontraba reposo. Hubo promesas hechas en voz baja: promesas de cuidar la vejez, de sentarse juntos cuando el cabello llevase la plata del tiempo, de recordar las lecciones del hambre cuando la mesa volviera a estar llena.

Pero la historia no era únicamente de dos cuerpos. Era también de una comunidad que aprendía por sus ejemplos. Los ancianos, que vieron pasar muchas cosechas, contaban cómo la perseverancia del afecto podía ser más fuerte que la codicia. Las jóvenes del pueblo observaron y tomaron la medida de lo que significa decidir con el corazón. Los niños aprendieron que el amor no es solo un cuento, sino el ejercicio cotidiano de atender al otro. De este modo, la vida íntima de Ayalén y Simón fue puente hacia enseñanzas que se transmitieron en recetas de cocina, en cuentos al caer la noche, en la reparación de una cerca.

Hubo un día, hacia el final del verano, en que una fiesta celebró la unión formal de ambos. Fue una jornada de olores y sabores: pan recién horneado, miel en platos pequeños y granadas oferentes en mesas compartidas. Los vecinos trajeron mantas, y los músicos tocaron ritmos que hacían arder las palmas. Ayalén caminó entre la gente como quien lleva dentro un secreto que ya es de todos. Al llegar junto a Simón, la multitud guardó silencio como quien respeta una confesión. Intercambiaron votos simples: promesas que no buscaban solemnidad extraña, sino verdad en lo cotidiano. Se abrazaron frente al pueblo entero, y cada abrazo fue un testimonio de lo que habían superado.

Con los años, su hogar se fue poblando de pasos pequeños. Los hijos corrieron por el patio entre las piernas de la alegría; los olores de guisos y de pan se mezclaron con las voces que enseñaban. A veces, las dificultades volvieron: enfermedades pasajeras, pérdidas de cosechas. Pero lo que la vida les mostraba una y otra vez fue la sencilla certeza de que el cuidado sostenido es medicina mejor que todo tesoro. Simón seguía atendiendo la tierra con paciencia; Ayalén transformaba lo cotidiano en belleza —una tela bordada, una voz que narraba historias antes de dormir—. Sus gestos parecían escribir, día a día, una canción que nadie podría repetir exactamente, pero que todos reconocían.

Con el paso de las estaciones, la gente comenzó a hablar de ellos no como jóvenes enamorados, sino como ejemplo de un amor que perdura. No porque hubieran vivido sin sombras, sino porque habían elegido mirarse a través de ellas. En las noches frías se contaban anécdotas: cómo encontraron la manera de reír cuando la lluvia se negaba a venir; cómo aprendieron a pedir perdón antes de que los silencios crecieran. Ayalén y Simón se mostraban menos interesados en la palabra «siempre» y más en la acción de cada día: regar cuando hay sed, sostener cuando hay caída.

El tiempo, que todo lo transforma, también puso su huella en sus rostros. Las arrugas no borraron la ternura; antes la cincelaron. Una tarde, ya mayores, se sentaron en el umbral de su casa y miraron el valle que los había visto crecer. Las viñas ondeaban bajo la brisa, y la luz parecía haber aprendido a detenerse en algunos puntos del paisaje. Recordaron los momentos de hambre y los de abundancia, las lágrimas y las risas, las decisiones que los habían puesto en el mismo sendero.

«No fue fácil», dijo Simón, apoyando la mano en la de ella. «No debía serlo», respondió Ayalén. No dijeron más. Bastó el silencio cargado de historia para completar la frase. Y en ese silencio había gratitud: por haber aprendido que el amor no es solo pasión, sino voluntad; por haber descubierto que la belleza tiene tanto que ver con una palabra amable como con un gesto útil.

Cuando la noche cubrió el valle, descendieron sobre la casa, como una sábana tibia, los recuerdos y las voces. La historia de Ayalén y Simón se transformó en canto y en enseñanza; los vecinos la contaban a sus nietos como ejemplo de que los afectos verdaderos se tejen con tiempo, con trabajo, con pequeños cuidados. No era un relato de perfección, sino una fábula de perseverancia.

Años después, cuando la gente pasaba por la ladera, aún podían ver en la puerta una cuerda gastada por el uso, un símbolo humilde de promesa. Algunos afirmaban que, cuando el viento soplaba de cierta manera, se escuchaba una melodía que hablaba de manos enlazadas y del perfume de las flores en la tarde. Otros simplemente miraban y sonreían. La historia que había empezado con dos miradas en una parra había crecido hasta convertirse en canción de todo un valle.

Así terminaba —y a la vez continuaba— la narración de esos amantes. No era un cuento de hadas ni una epopeya; era la crónica de una fidelidad cotidiana. Las palabras que quedaban eran sencillas: cuidarse, decir la verdad, elegir junto al otro. Y aunque los nombres pudieran cambiar con el tiempo, la esencia de la historia permanecía intacta: el amor, cuando se alimenta con respeto y constancia, ofrece un refugio en el tiempo.

Los años pasaron. La historia conmovía y emocionaba a muchos, y les recordaba la escrita por el rey Salomón, el «Cantar de los Cantares»; era una versión moderna de ese libro que el tiempo consagra y resguarda en horas doradas y noches estrelladas, donde la luna luminosa cubre con su luz al amor y a los seres que lo profesan en promesas eternas.

La brisa suave del tiempo recorre lugares y vidas y encuentra una nueva aventura donde el Cantar de los Cantares inspira a un ser soñador a narrar lo hermoso de la literatura sacra.

Y así esa brisa se detiene en el patio de la casa de Andrés, donde crecía una higuera vieja, de ramas torcidas por los años, pero todavía generosa en sus higos dulces. Bajo ella, cada tarde, cuando el sol empezaba a caer y la luz se volvía dorada como la miel, se reunían los jóvenes del barrio.

Andrés tenía las manos arrugadas como corteza de árbol y los ojos claros, del color del cielo después de la lluvia. Había enviudado hacía mucho, y sus hijos vivían lejos. Pero no estaba solo: cada tarde llegaban ellos —Marcos el inquieto, Elena la soñadora, Tomás el que preguntaba demasiado, y otros más que iban y venían como pájaros al alero—. Se sentaban en el suelo, sobre esteras de esparto, y esperaban.

No les enseñaba cosas difíciles. Les leía, despacio, un libro antiguo que guardaba en un cofre de madera: el Cantar de los Cantares.

—Maestro —le dijo una tarde Marcos—, ¿por qué nos lees siempre lo mismo? ¿No hay otros libros más útiles?

Andrés sonrió y pasó la mano por la cubierta gastada del libro.

—Hijo, hay libros que se leen con la cabeza, y este se lee con el corazón. Los otros te enseñan a vivir; este te enseña a amar. Y sin amor, de nada sirve lo demás.

Otra tarde, Elena llegó con los ojos húmedos. Se había enamorado, y el muchacho no le correspondía como ella soñaba. Se sentó junto a la higuera y no dijo nada.

Andrés abrió el libro y leyó despacio:

«Mi amado me habló y me dijo: Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven. Porque he aquí, ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue; se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de cantar ha venido…»

Elena levantó la vista.

—¿Y si él no me llama, abuelo? ¿Y si no soy su «hermosa mía»?

Andrés cerró el libro un momento y miró el cielo.

—Hija, este libro tiene dos lecturas, como una almendra tiene dos pieles. Por fuera habla del amor entre un hombre y una mujer; por dentro, habla del amor de Dios por cada alma. A veces los amores de la tierra nos fallan, porque son pequeños. Pero hay un Amado que nunca deja de llamarte. A ti, en este momento, te dice: «Levántate, hermosa mía».

Elena no respondió. Pero esa tarde, al volver a casa, caminó más erguida.

Pasaron los días. Tomás, el que siempre preguntaba, quiso saber más.

—Abuelo, ¿por qué este libro no menciona a Dios ni una sola vez?

Andrés se quedó pensativo. Luego dijo:

—Porque a veces lo más sagrado no necesita nombre. El amor, cuando es verdadero, no grita «¡Dios, Dios!», sino que vive como si Dios estuviera en cada gesto. Escucha esto:

«Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor… Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos.»

Tomás bajó la cabeza y dijo:

—Entonces el amor es lo más fuerte que existe.

—Respondiendo Andrés—: más fuerte que la muerte, hijo. Por eso Cristo no se quedó en el sepulcro. El amor no puede ser vencido.

Una tarde llegó David, un muchacho nuevo en el barrio, con el corazón lleno de heridas por un amor que se fue. Se sentó al margen, sin querer hablar.

Andrés no lo forzó. Siguió leyendo:

«Mi amado descendió a su huerto… Yo soy para mi amado, y mi amado para mí…»

Y luego, más adelante, siguió leyendo directo el libro:

«Mi viña, que es mía, está delante de mí. Tú, Salomón, tendrás mil siclos, y doscientos los que guardan su fruto.»

Cuando terminó, Andrés miró a David.

—Hijo, cada uno tiene su viña. Nadie puede cultivar la tuya por ti. Si tu amor se fue, no te quedes mendigando a la puerta de otra viña. Vuelve a la tuya. Pódala, riégala, cuídala. Un día vendrá otro que sabrá apreciar su fruto.

David no lloró esa tarde. Pero al día siguiente trajo unas uvas de su propia viña y las repartió entre todos.

Pasaron los meses. El verano se fue volviendo otoño, y las hojas de la higuera empezaron a caer, amarillas como monedas viejas.

Los jóvenes notaron que Andrés estaba más cansado. Leía más despacio y, a veces, se detenía a mirar el cielo, como si escuchara una voz que ellos no oían.

Una tarde, en lugar de abrir el libro, Andrés lo dejó sobre sus rodillas.

—Hoy no voy a leer —dijo—. Hoy quiero que me escuchen a mí.

Todos se acercaron.

—Cuando era joven como ustedes, yo también amé. Tuve una esposa hermosa, de ojos como palomas y cabellos como rebaño de cabras que bajan de Galaad —sonrió al decirlo, porque estaba citando el Cantar—. La amé con toda la fuerza de mi juventud. Y ella me amó a mí.

Hizo una pausa. El viento movió las hojas de la higuera.

—Envejecimos juntos. Ella se fue antes que yo, hace muchos años. Y yo pensé que el amor se había terminado con ella. Pero no. El amor no se termina. Se transforma.

Miró a cada uno de los jóvenes.

—Este libro, el Cantar, me enseñó que hay un amor más grande que el de los esposos, más profundo que el de los amigos, más fiel que el de los padres. Es el amor de Aquel que nos creó. Todo amor verdadero en la tierra es solo un reflejo, un eco, una sombra de ese amor primero.

Tomás preguntó, con la voz quebrada:

—Abuelo, ¿tú también lo has encontrado?

Andrés sonrió, y sus ojos se llenaron de una luz extraña, como si viera algo muy lejos.

—Hijo, Él me ha encontrado a mí. Todos los días, bajo esta higuera, mientras les leo estas palabras. Porque cada vez que ustedes aman, cada vez que perdonan, cada vez que esperan contra toda esperanza, Él está pasando por el patio, mirando por las ventanas, asomándose por las celosías.

Al día siguiente, Andrés no bajó al patio.

Los jóvenes entraron a su habitación y lo encontraron dormido, con el libro del Cantar abierto sobre el pecho. En la página que había quedado marcada se leían las últimas palabras que él había leído la tarde anterior:

«Fuerte es como la muerte el amor…»

Elena lloró. Marcos no sabía qué decir. Tomás cerró el libro con cuidado, como quien cierra un tesoro.

Pero David, el muchacho de la viña, sonrió entre lágrimas.

—No se ha ido —dijo—. Solo ha entrado al huerto de su Amado. Por fin lo ha encontrado cara a cara.

Esa tarde, por primera vez, nadie leyó bajo la higuera. Pero cuando el viento soplaba entre las ramas, a todos les pareció escuchar, muy suave, como una voz lejana que decía:

«Levántate, amiga mía, hermosa mía… y ven.»

El silencio que dejó Andrés tras su partida no fue por mucho: los jóvenes narraban sus momentos vividos con Andrés al oír sus historias, y eso llegó a oídos de Mateo, quien quiso seguir con ese hermoso ritual.

Y así, meses después, ya se había reunido un nuevo grupo de jóvenes, dispuestos a oír historias.

Las horas del día pasaban y había un orden sagrado en el ocaso de aquel pueblo. Cuando el sol comenzaba a teñir de terracota las paredes de adobe y el viento de la tarde traía el aroma limpio de la tierra seca, los jóvenes cruzaban el cobertizo. No iban allí por obligación, sino atraídos por un imán invisible y tibio: la voz de Don Mateo.

Don Mateo era un anciano hecho de tiempo y de memoria. Se sentaba en un banco de madera gastada, bajo la sombra generosa de una parra vieja que parecía crecer a su mismo ritmo. Tenía los ojos pequeños, nublados por los años, pero cuando hablaba, esos ojos parecían mirar paisajes que nadie más en el pueblo podía ver.

A sus pies se acomodaba el nuevo grupo de muchachos, entusiasmados por formar parte del inicio de una nueva historia y continuar con el legado dejado por Andrés. Llegaban con el cansancio del trabajo en los campos, con las manos ásperas y las miradas inquietas de la juventud. Pero apenas Don Mateo abría la boca, el bullicio se apagaba.

El anciano no les hablaba de leyes, ni de castigos, ni de las crónicas frías de las guerras antiguas. Él les contaba el Cantar de los Cantares.

—El amor, muchachos —decía Don Mateo, con una voz que sonaba a madera crujiente y a hojas secas—, es tan fuerte como la muerte. No hay río que pueda ahogarlo, ni caudal que lo ahogue.

Su estilo era pausado, casi litúrgico. Utilizaba palabras maduras, midiendo cada frase como quien reparte agua en tiempo de sequía. Les explicaba la belleza de la Amada, comparando sus ojos con palomas y sus cabellos con rebaños de cabras que bajan por las colinas de Galaad. Los jóvenes escuchaban conteniendo el aliento, descubriendo en el poema un mundo donde la piel, la tierra y el espíritu se volvían una sola cosa. El anciano era el puente entre el libro sagrado y la sangre joven que latía en el cobertizo.

La tarde del jueves llegó con un cielo inusualmente pálido. Los muchachos fueron ocupando sus lugares sobre la tierra batida, buscando la cercanía del banco de madera. Don Mateo ya estaba allí, sentado en su sitio de siempre. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y la cabeza ligeramente inclinada hacia el pecho, como si contemplara el suelo.

El grupo guardó silencio, esperando el inicio del capítulo. Esperaron que el anciano aclarara su garganta, que levantara la mirada y dijera su clásica bienvenida. Pero Don Mateo no se movió.

Uno de los jóvenes, el más atrevido, se acercó y le tocó suavemente el hombro.

—Don Mateo, ya estamos todos.

No hubo respuesta. El cuerpo del anciano se inclinó apenas un poco hacia un lado, manteniendo una rigidez pacífica. Sus ojos estaban entornados, pero ya no miraban el cobertizo ni las viñas lejanas. Se había marchado en un suspiro, callado, como si se hubiera quedado sin palabras asignadas para este mundo. El Cantar se había interrumpido justo en la víspera de la primavera del relato.

El desconcierto se apoderó del lugar. Hubo sollozos mudos, miradas perdidas y un vacío denso que pareció enfriar la tarde. Los muchachos se levantaron despacio, sintiendo que con la muerte del anciano también moría la belleza de aquellas puestas de sol. El libro quedaba a medias, y la poesía parecía haberse extinguido con su último aliento.

En la esquina más oscura del cobertizo, casi confundido con los aperos de labranza y las herramientas viejas, vivía Samuel. Samuel era el encargado de limpiar el lugar, de encender los candiles cuando la noche caía y de recoger las mantas. Era un muchacho de pocas palabras; tanto, que algunos pensaban que no sabía hablar. Había sido un testigo silencioso de cada tarde, un recolector invisible de la sabiduría ajena.

Mientras los demás se alejaban con el corazón encogido, Samuel se acercó al banco vacío. Miró el espacio donde solía estar Don Mateo y luego miró a los jóvenes que caminaban con los hombros caídos hacia la salida.

Sintió un fuego extraño en el pecho, un dolor que no era tristeza, sino urgencia. La historia no podía quedarse huérfana. El poema no merecía el olvido.

Samuel dio tres pasos hacia el frente. El suelo crujió bajo sus alpargatas. Por primera vez en años aclaró la garganta, y su voz, aunque un poco ronca por el desuso, sonó firme y clara en el espacio abierto:

—No se vayan —dijo.

Los muchachos se detuvieron en seco. Se volvieron, asombrados no solo por escuchar la voz de Samuel, sino por la autoridad tranquila que emanaba de su figura. El testigo silencioso había dado un paso hacia la luz.

Samuel no se sentó en el banco de Don Mateo; por respeto, se quedó de pie, apoyado en uno de los postes de madera de la parra. Miró al horizonte, donde el sol terminaba de hundirse, y comenzó a hablar.

Pero su estilo no era el de Don Mateo. El anciano era la tradición, la regla y la solemnidad del texto. Samuel era la juventud, la cercanía y el paisaje que los rodeaba. El testigo comenzó a contar el Cantar de los Cantares traduciéndolo al idioma de la vida misma.

—Don Mateo nos enseñó las palabras —comenzó Samuel, y su voz fue ganando una cadencia lírica, musical, llena de frescura—. Pero el Cantar no está solo en las páginas. El Cantar es este viento que nos toca la cara ahora mismo. Escuchen: la Amada busca a su amado por las calles del pueblo, bajo la luna de plata, con el corazón latiendo como un pájaro preso. Ella no le busca con teología; le busca con ganas de abrazarlo.

Los jóvenes, hechizados por este nuevo tono, volvieron a sentarse. Samuel continuó, y con sus palabras el aire empezó a oler a azahar, a granadas maduras y a mirra. No citaba los versículos de memoria; los recreaba con una sencillez deslumbrante.

—¿Saben cómo es el amor de ellos? —preguntó Samuel, mirando a los ojos de un muchacho que trabajaba la tierra—. Es como cuando la lluvia de mayo toca el campo seco y la tierra responde con ese olor dulce. Ella dice que él es como un manzano entre los árboles silvestres, y que su sombra es un alivio para el cansancio del mediodía. Es el amor que se saborea, que se toca, que se cuida como las viñas tiernas para que las zorras pequeñas no destruyan los brotes.

El lenguaje de Samuel era visual, casi táctil. Logró que los muchachos comprendieran que el texto sagrado no hablaba de un pasado remoto, sino de la belleza que residía en sus propias vidas, en sus propios afectos y en la naturaleza que los rodeaba. La voz del anciano se había apagado, sí, pero la poesía había encontrado un cauce nuevo, más libre y vibrante.

La noche cayó del todo sobre el cobertizo. Samuel no encendió los candiles esta vez; no hacía falta, porque las palabras parecían iluminar el espacio. Habló durante horas, uniendo los últimos cantos del libro con la brisa nocturna.

Cuando terminó, un silencio espeso, pero esta vez lleno de paz, se extendió entre los asistentes. Los jóvenes comprendieron que la muerte de Don Mateo no había sido el fin de nada, sino el cumplimiento de un ciclo. El anciano sembró la semilla, y en el pecho del testigo silencioso había crecido el árbol.

Uno a uno, los muchachos se levantaron. No había tristeza en sus rostros, sino una luz nueva en los ojos. Se despidieron de Samuel con un leve asentimiento de cabeza, un gesto de respeto que antes solo le pertenecía al anciano.

Samuel se quedó solo en el cobertizo. Miró el banco de madera vacío y sonrió con timidez. Se acercó a la parra, tomó una hoja entre sus dedos y sintió la savia corriendo por dentro. Sabía que la tarde siguiente los jóvenes volverían, y que él estaría allí para seguir contando cómo el amor, el verdadero amor, siempre encuentra una voz para volver a empezar…

Y la voz seguía diciendo, oyéndose a lo lejos…

—Así puedo continuar diciendo que las historias comienzan una y otra vez; los relatos que se inspiran en el Cantar de los Cantares serían interminables. Ese libro es inspirador por su belleza y por la forma como el rey Salomón logró describir el amor entre parejas.

Las referidas historias muestran cómo puede abordarse, para dar a conocer el Cantar de los Cantares, a todos los que quieran oír o leer sobre ese hermoso libro; un libro que viaja en el tiempo y cuyas hojas no perecen, y su letra no cambia con el tiempo.

La mejor manera de terminar de hablar sobre ese poético libro de amor es mencionando pensamientos de escritores conocidos, como:

«Es un cancionero divino que por su excelencia es llamado el Cantar de los Cantares.» — Fray Luis de León

«Es un cantar de amor en cifras secretas, donde los amantes hablan con el corazón.» — San Juan de la Cruz

«Es el poema donde el amor humano alcanza su más pura y deslumbrante melodía.» — Jorge Guillén

«Es la canción de amor más tierna, inigualable y divina que jamás se haya escrito.» — Johann Wolfgang von Goethe

«Es un poema idílico donde la poesía pastoral brilla con el esplendor de una joya oriental.» — Ernest Renan

«Es el canto de amor pintado con imágenes de poesía pura.» — Digemar Di Fleur

«Un cántico al amor de pareja, danzando entre la poesía y el color de la vida.» — Digemar Di Fleur

Epílogo

El canto que el tiempo no pudo borrar

Los imperios caen, el oro de los templos se oscurece y los nombres de los grandes reyes terminan siendo solo polvo en los archivos de la historia. El trono de Salomón ya no existe y los viñedos de Engadi cambiaron de manos hace siglos. Dicen que, en el crepúsculo de su vida, rodeado de una opulencia que ya no le decía nada, el viejo rey se acercó a la ventana para mirar por última vez las colinas de Jerusalén. De entre todos sus tesoros, leyes y proverbios, su mano cansada buscó aquel viejo pergamino que guardaba los versos de la Sulamita. Al rozar el papiro, sonrió. Comprendió que la gloria de su reino era efímera, pero que aquellas palabras de amor eran su única y verdadera inmortalidad. Había logrado encerrar el fuego del universo en la fragilidad de un poema.

Por eso, el Cantar de los Cantares quedó cerrado, pero su música jamás se detuvo. Como un jardín sellado que custodia sus mejores aromas, el libro cruzó los siglos desafiando el tiempo, la censura y el olvido. Los eruditos intentaron explicarlo con frías teorías y los poetas intentaron imitar su gracia, pero el cantar se defendió solo, flotando en el aire como un mapa eterno del alma humana.

Hoy la historia se sigue contando. Cada vez que dos almas se buscan en la penumbra, cada vez que alguien pronuncia el nombre de la persona amada con la voz temblorosa, el rey sabio vuelve a gobernar. Salomón no grabó su mayor legado en la piedra, sino en el viento, en el aroma a mirra y en el cantar de las tórtolas. Es el recordatorio de que la máxima sabiduría del rey fue enseñarnos que el invierno siempre pasa, que las flores siempre vuelven a brotar, y que el amor es, y será siempre, un sello indeleble sobre el corazón de la humanidad.

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